La segunda entrega de «Un beso», la serie de Patricia Bonet que arrasa entre las lectoras de romántica.
Un beso no es solo un beso. Un beso puede ser accidentado, oler a tierra mojada y acabar uniendo a dos polos opuestos.
El compromiso más fiel y duradero que tiene Buffy es con sus amigas y con el hotel familiar que regenta junto con su madre. Eso de relacionarse y comprometerse con un chico le da dolor de cabeza, además de mucha pereza. Aunque todo puede cambiar después de que un distante y atractivo ruso irrumpa en su hotel como un huracán.
Nikolay llega a Variety Lake, un pueblo del que jamás había oído hablar, dispuesto a encontrar todas las respuestas que está buscando aunque no esté preparado para escucharlas. Como tampoco lo está para que esa chica del pelo rosa lo rete con la mirada cada vez que se encuentran, lo lleve al límite con esa lengua tan afilada que tiene y lo ponga nervioso de mil maneras diferentes. Y no todas son malas.
Y es que Buffy y Nikolay creían tener la vida controlada hasta que sus caminos se cruzan una noche de lluvia de la forma más surrealista posible.
Desde que conocí a Buffy en el primer libro de la serie supe que su historia me iba a encantar, porque es un personaje muy divertido, pero que también lo ha pasado muy mal y que por ello ha creado un muro en contra de las relaciones, hasta que Nikolay atropella y derriba el muro una noche de verano durante una tormenta. A partir de ahí, ambos se enfrentarán a lo que van sintiendo por el otro y también se enfrentan a sus miedos. Me ha encantado y deseando que salgan los demás de la serie para disfrutar de ellos también.