Juliet siempre había sabido una verdad: cuando su mundo se derrumbaba, Bastian era quien aparecía.
Era su tío político, rudo, marcado por las cicatrices e inquieto. Era el tipo de hombre que nunca se quedaba mucho tiempo en un lugar, pero cada vez que Juliet lo necesitaba, él estaba allí… aunque siempre se marchaba después.
Ahora su vida en la ciudad se había desmoronado, y había decidido volver a la casa familiar del lago para el verano porque era el único lugar donde se había sentido segura. Y por primera vez en años, Bastian también había regresado.
Solo que esta vez, algo era diferente.
La forma en que sus ojos se detenían en ella cuando creía que no lo miraba, y cómo apretaba la mandíbula y mantenía la distancia cuando ella estaba cerca. Había una tensión densa y pesada que crepitaba entre ellos cada vez que estaban solos en la misma habitación.
Bastian sabía que estaba mal. Ella era su sobrina política. Veintidós años, demasiado joven y demasiado buena para él. Desearla era perverso en todos los sentidos. Era un tabú, peligroso y una traición a la única familia que les quedaba.
Pero, Dios mío, la atracción se hacía cada vez más irresistible.
Cuanto más se prolongaba el caluroso verano, más se rondaban con miradas furtivas, conversaciones nocturnas en el muelle y momentos en que su mano casi rozaba la de ella.
Ambos sabían que jugaban con fuego.
Y cuando finalmente perdieran el control y cruzaran esa línea que jamás podrían deshacer, podría destruirlos a ambos.