Desde lo alto de la torre del vigía, en el Castillo de Montjuic, dos figuras femeninas observaban el lento despertar de Barcelona, sentadas entre las almenas. Ellas no le temían a la oscuridad. Sus trajes negros se camuflaban en ella, ocultándolas tanto de aquellos ojos que no sabrían qué ver como de quienes las obligaban a vivir entre las sombras. La noche era su aliada. Lo único que, como Guardianas, las hacía sentirse libres y protegidas.
— Te noto inquieta —dijo una de ellas, mientras afilaba su espada.
— Tengo un mal presentimiento.
— ¿Crees que están en la ciudad?
La mujer perdió su mirada en la silueta del Palacio Nacional de Montjuic a lo lejos, y su frente se arrugó en una mueca de preocupación.
— Falta menos de un año para el Fin de Ciclo. En los últimos meses, ha habido más enfrentamientos. Saben que las Portadoras querrán regresar a casa antes de irse. Si no están ya en la ciudad, vendrán.
— Pues que vengan. Estaremos preparadas —contestó su compañera, poniéndose en pie y blandiendo la espada en señal de amenaza, antes de envainarla a su espalda. Sus ojos verdes centelleaban de furia.
La Guardiana dejó escapar un profundo suspiro, y asintió cruzándose de brazos. Sobre su pecho, la Piedra Ámbar que pendía de una cadena de plata se iluminó. Su compañera la observó en silencio, esperando pacientemente a que la gema se apagase.
— Hora de volver. Una de las piedras huérfanas está brillando. Parece que tenemos una nueva Elegida.