Connor Lockhart es guapísimo, pero es un gruñón con menos encanto que una pared de ladrillos. Y, en un giro de guión inesperado, también es mi nuevo jefe.
Nuestro primer encuentro fue un desastre absoluto. Yo llegaba tarde a una mesa redonda en una convención sobre videojuegos y, mientras hacía cola para comprar un burrito, el tío delante de mí no dejaba de hacer preguntas sobre el menú como si estuviera en un restaurante de cinco estrellas. Le pedí que me dejara pedir antes que él, pero se negó. ¡Ni que le hubiera pedido su número de la seguridad social! Así que es posible que le tirase un bote entero de salsa superpicante encima de la comida.
Unos días después, resulta que ese pedante de los burritos es quien firma mis nóminas en la empresa de mis sueños.
Trabajo de ensueño, jefe de pesadilla. Él es un hombre imposible: frío, malhumorado y alérgico a las conversaciones casuales. Se diría que sonreír le causa dolor físico.
Sí, es increíblemente guapo y, cuando por fin aparece una sonrisa, es para desmayarse. Pero hay algo más debajo de ese ceño fruncido que me resulta demasiado atractivo. Y cuando su hija de nueve años se empieza a pelear con mi hermana pequeña, de la misma edad, nos vemos obligados a establecer una tregua. Después viene un beso y, a continuación… un montón de sentimientos.
No quiero enamorarme del gruñón de mi jefe, solo quiero quitármelo de la cabeza.
Es una lástima que mi corazón tenga sus propios planes.
Una historia que me ha mantenido pegada a sus páginas, que me ha robado el sueño ya que hasta terminarla no la solte, así que os podéis hacer una idea del enganche que he tenido, a parte de las ojeras de panda que llevo. Pero todo ha merecido la pena, ya que amo meterme de lleno en las páginas de un libro y que las horas pasen sin darme cuenta.