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El malquerer de Iván Martínez Palacios

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Soy Susi. Susana Rodríguez para los informes, “la cabo” para algunos, “esa” para otros. Durante más de veinticinco años serví en la UCO, y si algo aprendí es que el amor, cuando se pudre, huele peor que un cadáver olvidado en un maletero.

En El malquerer no vengo a pedir perdón ni a maquillar nada. Vengo a contar lo que vi. Y lo que hice.
Seguro que esperáis el relato impecable de una investigadora modélica, ajustada al reglamento, pulcra en sus formas y en sus métodos. No soy esa. Nunca lo fui. Mis superiores —algunos con el franquismo todavía enmarcado en el despacho— lo sabían bien. Yo no investigaba desde el pedestal moral; lo hacía desde la trinchera. Y en la trinchera, si tienes que ensuciarte las manos para arrancar la verdad, te las ensucias.

¿Cruzar líneas? Las crucé.

¿Presionar donde no debía? Más de una vez.

¿Aprovechar silencios, rencores y debilidades? Siempre que fue necesario.

Porque los criminales de los que hablo no son genios del mal ni monstruos de película. Son personas corrientes que un día decidieron que el amor —o lo que ellos llamaban amor— justificaba cualquier cosa. Maridos que confundieron posesión con derecho. Amantes que transformaron la humillación en violencia. Pastores espirituales que usaron la fe como coartada para satisfacer impulsos mucho más terrenales.

Yo he visto cómo un “te quiero” se convierte en una amenaza.

Cómo un “sin ti no soy nada” termina significando “sin mí no serás nada”.

Cómo el deseo de no perder a alguien desemboca en la decisión de destruirlo.

En estas páginas desgrano casos donde el crimen no nace del odio puro, sino de algo más retorcido: el malquerer. Ese sentimiento viscoso que se disfraza de devoción mientras prepara la herida. Aquí no hay romanticismo. Hay celos que fermentan durante años. Hay secretos guardados en sacristías y huertos. Hay coches con manchas de sangre que no desaparecen aunque pasen los inviernos.

Y estoy decidida a abrir cada uno de esos cadáveres —metafórica y, a veces, casi literalmente— hasta encontrar el nervio que los conecta: la convicción íntima del agresor de que actuaba por amor.

No me importa que mis métodos no fueran ortodoxos. A veces la verdad no sale con preguntas amables ni con cafés templados. Sale cuando aprietas donde duele. Cuando escuchas lo que nadie quiere oír. Cuando permites que el sospechoso hable hasta que su propio discurso lo traicione.

Yo no investigo para quedar bien. Investigo para entender.

Y si para entender tengo que incomodar, manipular o provocar, lo hago.

Este libro es mi ajuste de cuentas con todos esos crímenes que la sociedad intenta suavizar con frases como “era un arrebato pasional” o “lo hizo porque la quería demasiado”. No. Nadie mata por amar demasiado. Se mata por poseer, por controlar, por no tolerar la pérdida. Se mata porque el ego no soporta el abandono.
Yo, desde mi silla, con el corazón fallando, pero la memoria intacta, repaso cada caso como quien limpia una herida antigua para que no vuelva a infectarse. No busco absolución. Busco verdad.

Y si al final del camino alguien entiende que el amor jamás debe doler hasta sangrar, entonces habrá merecido la pena disparar esta última bala.

Firmado:
Susi.

 

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